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Canet Rock

Las 12 horas de locura catalana que Franco no pudo prohibir

País: España • Región: Europa • Género: Rock

Por Aleix Duran
@aleix_duran

“12 horas de música y locura. De 7 de la tarde a 7 de la mañana” pregonaron, prometieron y ofrecieron los organizadores de lo que fue, en palabras de Josep Maria Hernández Ripoll, periodista y crítico musical, “uno de los gritos de libertad más importantes celebrado en Catalunya durante el siglo XX”. Ni un Franco ya en los albores de su muerte, ni la prohibición expresa de la dictadura pudieron frenar la primera manifestación contracultural de influencias woodstocknianas que se celebró en tierras catalanas: el Canet Rock.

En pleno verano mediterráneo, un 26 de julio de 1975, 40.000 personas se congregaron para enloquecer, para celebrar ese delirio, esa libertad que, durante casi cuarenta años, les fue negada por aquél y otros tantos nefastos tocados “por la gracia de Dios”.

Referentes de la música catalana como Tete Montoliu, Pau Riba, Jaume Sisa o la Companyia Elèctrica Dharma marcaron, en ese primer festival, el camino de la ruptura, la transgresión y la recuperación de una cultura maltrecha, mutilada y defenestrada por la censura y el control, en una España encerrada en una pésima burbuja, aislada de las influencias artísticas, políticas y sociales del resto del mundo.

La férrea censura franquista aplicada a la literatura, el cine, los medios de comunicación o el teatro se ejerció también en el ámbito del rock, aunque ésta fue más fuerte a partir de la década de los sesenta, con una industria musical pujante y el creciente éxito de los tocadiscos. Entre 1960 y 1977, 4.343 canciones de pop-rock fueron prohibidas y calificadas como “no radiables” – vetada la emisión en radios – por la Dirección General de Radiodifusión y Televisión, y por otro organismo de ridículo nombre eufemístico, la Dirección General de Cultura Popular y Espectáculos. Y es que, como en la Junta Superior de Censura Cinematográfica franquista, después llamada Departamento Nacional de Cinematografía, el aparato dictatorial no escatimó recursos en sus estrategias de naming.

Así, tal y como explica el periodista gallego Xavier Valiño en su libro Veneno en dosis camufladas. La censura en los discos de pop-rock durante el franquismo – el único trabajo que existe sobre esta temática, a día de hoy – la censura rockera privó al pueblo español de transitar libremente por esa nueva cultura, moderna, popular, transgresora y de apertura. Evidentemente, no era cuestión de que el rebaño se descarriara con un poco de paz, amor, libertad y sendas guitarras distorsionadas que transportaran a esa sociedad a las más sublimes emociones, a la reflexión, al sentimiento de la música libre; Dios no lo quisiere.

Con “buena voluntad” y un gran espíritu paternalista y protector, el régimen franquista prohibió, por ejemplo, la publicación de trabajos discográficos como Blonde on Blonde (1966) de Bob Dylan al considerarlo, en palabras de los propios censores, “ligero y homosexualista”. O si de lo “moral”, por así decirlo, pasamos a las drogas, al rock y al hammond, la autodestructiva y genial Heroin del célebre Lou Reed – presente en el primer álbum de The Velvet Underground, “The Velvet Underground & Nico” (1967) – ni se acercó lo más mínimo a los oídos de una sociedad española sumida en la oscuridad cultural, intelectual y artística.

Según expresa Valiño en su interesante trabajo, tampoco se salvó la playera y optimista Good Vibrations de The Beach Boys Smiley Smile (1966) – de un avispado censor que afirmó, en uno de sus informes, que la letra de esta canción pertenecía “a los ambientes de los grupos USA drogadictos del lumpen: los HIP hippies cuya filosofía está basada en el sexo”. Incluso se aventuró un poco más este funcionario franquista, inspirado intérprete del rockanrol, al afirmar que, además, el tema “está en un inglés en el que se entiende demasiado fácilmente la letra y que psicológicamente las ‘vibrations’se asocian inmediatamente al orgasmo”, para concluir, “creo que daría pie a muchísimos jóvenes a bailar, por parecer graciosos, de forma procaz”.

Con este panorama, pues, ni el mismísimo Andy Warhol pudo zafar del veto y la prohibición del régimen. Su portada para Sticky Fingers (1971) de  The Rolling Stones – unos pantalones de cuero negros a los que se abría una cremallera para mostrar unos calzoncillos – fue substituida por una bizarra creación literal donde unos dedos grasientos salían de una lata de melaza. Si la dictadura quiso evitar la masturbación, auténtico concepto evocado por ese Sticky Fingers de Warhol y los Stones en la portada original del disco, la versión española producto de la censura logró, sin embargo, un efecto espeluznante.

Otra curiosa perla del veto se dio con la edición de Je t’aime… moi non plus (1969) de Jane Birkin y Serge Gainsbourg, cuenta Xavier Valiño, que, por ser presentada como instrumental, no tuvo inconvenientes con la prohibición española. Eso sí, una vez que el disco vio la luz y al descubrirse los gemidos de Jane Birkin al sonar en las emisoras de radio, el aparato censor tuvo que retirarla del mercado de inmediato. De repente, a los funcionarios del régimen les cayó más trabajo: más allá de revisar las letras de las canciones, tuvieron que empezar a escucharlas.

Así es como, a muy grandes rasgos, se articuló la censura franquista en el mundo del rock, el pop y la música en los oscuros años de la última dictadura española. Los discos y sus portadas, las radiofórmulas, los festivales y las presentaciones en vivo fueron controladas para prevenir a esa sociedad silenciada de aquellos nuevos sonidos supuestamente demoníacos, lujuriosos o desenfrenados que conmovían a las multitudes del mundo, en constante ebullición artística.

La supresión de las libertades democráticas así como la represión cultural hicieron mella en una España que, hasta la aparición de iniciativas históricas y emblemáticas como el Canet Rock, o el mítico primer concierto de los Rolling Stones en tierras españolas en 1976 – ya con la muerte del dictador Francisco Franco – se vio sumida en un gran vacío, apartada de las corrientes y las influencias musicales y artísticas internacionales, de la plenitud y la completud de grandes referentes como The Who, Bob Dylan, Eric Clapton o Nina Simone, por citar unos cuantos, o del disfrute libre y sin complejos de una lengua y una cultura propia y maltrecha, como la catalana, que empezó a recuperarse, precisamente, en esa mediterránea noche de julio de 1975.

10/5/2014

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