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Page & Plant, “No Quarter” (1994)

Viajeros del tiempo y los mundos

País: Inglaterra • Géneros: Rock, Árabe • Regiones: Europa, África del Norte

Por Mariano García
@solesdigital

Corría el año 1994 y era casi obligatorio para toda banda o solista pasar por los estudios de MTV para grabar un show acústico, que luego sería editado por su discográfica bajo el rótulo genérico de “nombre de la banda + MTV Unplugged”. Luces tenues, volumen bajo, ambiente íntimo: hacia mediados de los ’90 la moda desenchufada estandarizaba un formato que despojaba al rock de sus estridencias y mostraba las canciones en estado crudo.

Pero hubo un disco que rompió el molde, que sumó sonidos y dimensiones nuevas a las canciones reversionadas. Con “No Quarter” los ex Led Zeppelin Jimmy Page y Robert Plant tomaron como punto de partida la idea de desenchufar el repertorio de la legendaria banda del dirigible, pero a su vez agregándole complejidad en vez de simplificarlo. Para ello, se apoyaron en tres pilares que muy poco tenían que ver con el rock: la London Metropolitan Orchestra para el soporte sinfónico, el Egyptian Ensemble para los arreglos magrebíes en percusión y cuerdas, y la pata folkórico-medieval sostenida por instrumentos como la mandolina, el bodhrán (tambor irlandés) y el atrapante hurdy gurdy.

Los tres puntos de apoyo musical se correspondieron con los tres lugares de grabación del disco: la cosmopolita y clásica Londres (Inglaterra), la tradicional y folklórica Snowdonia (Gales) y la atrapante y misteriosa Marrakesh (Marruecos).

Es precisamente la sonoridad medieval y el antiguo folk británico el que asoma en los primeros rasguidos del hurdy gurdy de Nigel Eaton en Nobody's Fault But Mine (Presence, 1976); para dar inicio a un repertorio cuidadosamente elegido, en su mayoría proveniente de las últimas etapas de Led Zeppelin, lejos de los grandes hits e himos rockeros de sus dos primeros discos.  La voz de Robert Plant dialoga con los rasguidos quebrados de las cuerdas del hurdy gurdy, dando pie para que la guitarra de Jimmy Page comience a entrar en calor con sus primeros acordes acústicos.

Thank You (Led Zeppelin II, 1969) sigue por el camino de la clásica balada de rock, con un solo de guitarra  electrificado a cargo de Page donde deja en claro que la consigna “desenchufada” es antes una posibilidad que un límite para el abordaje que se proponen hacer.

Los aires comienzan a teñirse con los primeros colores orientales en No Quarter (Houses of the Holy, 1973), clásico psicodélico de la última etapa de Zeppelin reinterpretado en un dueto alucinógeno entre Page y Plant, decorado con ecos, reverberancias y distorsiones que van sugiriendo los primeros guiños hacia los misteriosos sonidos árabes.

Lo que en el tema anterior se sugería, con Friends (Led Zeppelin III, 1970) se hace explícito. A los riffs acústicos de la guitarra de Page, inmediatamente se suman los intrincados mosaicos percutivos de doholla, duf, bendir y merwas; a cargo del ensamble egipcio; que promediando el tema suma su sección de cuerdas para intensificar el dramatismo de la pieza. Para cuando termina este tema, el eje geográfico del disco está claramente corrido hacia el Norte de África. Y allí se queda, para continuar con los pasajes más arábigos del disco: Yallah y City don’t cry, ambas compuestas para esta nueva aventura de fusión entre rock y música gnawa marroquí. Con estos dos nuevos temas, el sueño de tener a Led Zeppelin tocando en un zoco norafricano se hace realidad; entre las endemoniadas distorsiones de Page en la primera, y la exquisitamente añejada voz de Plant coqueteando con los cantos árabes en la segunda.

 

Como si se tratara de una crónica de viajes entre el viejo mundo medieval y la modernidad occidental, el ida y vuelta continúa con el blues electrizante de Since I've Been Loving You (Led Zeppelin III, 1970), donde la guitarra de Page levanta volumen para sostener las dimensiones épicas que alcanzan los arreglos orquestales y todo el caudal instrumental que aporta la London Metropolitan Orchestra.

Con The Battle of Evermore (Led Zeppelin IV, 1971) el sonido vuelve a ser acústico y las reminiscencias medievales del folklore europeo afloran nuevamente, a tono con la mandolina de Jim Sutherland y los coros de Najma Akjtar. A esta altura, es inevitable la sensación de que muchos de los clásicos compuestos por esta legendaria dupla parecerían haber estado esperando décadas para retomar vida con estos nuevos arreglos y llegar así a su auténtica forma.

Un nuevo pasaje de baladas acústicas se dibuja con las nuevas Wonderful one y Wah Wah (con sutiles coros árabes) y That’s the way (Led Zeppelin III, 1970), momentos meditativos que funcionan como antesala para el magnífico cierre de los últimos tres temas del álbum, cada uno de ellos expresión más depurada de las tres fuentes estilísticas y culturales que nutren este trabajo.

Gallows Pole es una milenaria canción foklórica del norte europeo que ya había sido incluida en el disco Led Zeppelin III (1970), perfecta para esta nueva propuesta y para que nuevamente el hurdy gurdy de Nigel Eaton nos traslade hacia lejanas latitudes mientras la intensidad de la canción aumenta, en una suerte de hard rock románico.

La impresionante versión de Four Sticks (Led Zeppelin IV, 1971) muestra al ensamble egipcio a su máxima capacidad, y obliga a especular si realmente Page y Plant no estuvieron pensando 25 años atrás, al momento de componerla, en como sonaría el rock de Zeppelin si fuera trasplantado al norte de África. Compacta, ajustada, naturalmente perfecta fusión de un clásico del rock duro con la música gnawa de Marruecos, es uno de los momentos más memorables del disco, y donde al menos para quien suscribe estas líneas la nueva versión supera ampliamente a la original.

 

El cierre de este legendario disco es con uno de los temas más emblemáticos de los conciertos en vivo de Zeppelin, Kashmir (Physical Graffiti, 1975) época en la que ya coqueteaban con el mundo árabe. De hecho, la canción fue compuesta por Robert Plant mientras conducía a través del desierto del Sahara en Marruecos. Quizás hasta podría pensarse a este tema como el germen a partir del cual la idea de todo este disco se mantuvo latente hasta explotar en 1994. Aquí nadie se guarda nada: 17 violines, 7 violas y 5 cellos por la Orquesta Metropolitana de Londres; 5 percusionistas, 4 violinistas, nay (flauta de bambú) y oud (laúd árabe) por el lado africano; más la presencia de Charlie Jones en bajo y Michael Lee en batería para completar la alineación rockera. El resultado: 13 minutos de una épica travesía a través del Mediterráneo y Europa, como en la época dorada de los viajeros medievales; con solos, pasajes orquestales, y un pico de dramatismo que cierra el disco en su punto más alto.

El gran éxito que tuvo esta reunión llevó a Page y Plant a una gira internacional, que los trajo al estadio de Ferro en 1995. Para la mayoría de los fans de Led Zeppelin los arreglos orquestales y músicos egipcios y marroquíes fueron una extravagancia que agregaban demasiada complejidad al rock que todos querían escuchar, y que siguieron escuchando por el resto de sus vidas (“estuvo bueno, salvo cuando empezaban a tocar los músicos árabes” dijo a la salida de ese concierto un espectador).

Para algunos pocos, quizás apenas para quien firma estas líneas con cierta nostalgia, fue una ventana hacia nuevos mundos, nuevos sonidos e instrumentos. Un pasaporte en blanco hacia las culturas de medio oriente y los encantos del Magreb. O el pasaje de la adolescencia a la adultez musical. Motivos suficientes para atesorar el CD en un lugar destacado de la discografía.

12/12/2012

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