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Victor Tsoi

Espíritu de rebeldía para una época gris

País: Rusia • Regiones: EuropaEuropa del Este • Género: Rock, Pop

Por Natalia Litvinova

Mi padre tenía la obsesión de grabar (con la ayuda de esos radiograbadores que ya no existen) todo lo que sucedía en mi casa: reuniones, fiestas, visitas inesperadas, hasta los silencios. Quiso hacer lo mismo con mi cumpleaños número siete. Tenía el cassette preparado, pero como los familiares no habían llegado y estábamos aburridos, decidimos buscar algunas canciones en la radio y grabarlas como introducción. De pronto oí su voz. Grave. Por momentos melancólica. Atractiva.  “Es Victor Tsoi, y tiene los ojos así”, dijo mi padre estirando con cuidado las comisuras de mis párpados.

Podría describirlo diciendo que sí, que sus oscuros ojos eran “así” por su descendencia coreana, que nació en Leningrado el 21 de junio de 1962, que era poeta, compositor y músico de Kino,  la banda más emblemática del rock soviético. Que murió en un accidente a los 28 años. Que se convirtió en mi poeta punk preferido al que algunos amaban con fervor, otros en silencio. Es que en la URSS no se podía demostrar tanto amor hacia un artista que cantaba: las personas aseguran las puertas, /compran ametralladoras y granadas, /pero él pasa a través de las paredes/ y come... // Nadie logró verlo. /Las heladeras están vacías. /Las personas están enfermas, las personas mueren. /Y él come...

 

«… Tengo una casa, solo que no tengo llaves,
tengo un sol, pero entre las nubes,
tengo una cabeza, solo que no tengo hombros,
pero veo como las nubes cortan el rayo del sol »

V. Tsoi

Leningrado, década del 80. No. Mejor dicho, en los bares marginales del Leningrado pre-perestroika donde sonaban Depeche Mode, The Police, Sex Pistols; Tsoi  se reunía con sus amigos para intercambiar información e ideas. Este grupo de jóvenes artistas se autodefinía como “beatnik”, no en el significado tradicional de la palabra, sino como algo intermedio entre el beatnik clásico y un temprano punk. Aleksandr Titov, el bajista  de la banda Akvarium, contaba que era muy cómodo estar en silencio con Tsoi y que cuando hablaba lo hacía de una manera muy sencilla, sin revelar nunca los pensamientos que después aparecían en sus canciones.

Cerrá la puerta detrás de mí, me voy

Letra: Victor Tsoi.
Traducción: Natalia Litvinova.

Dicen: ellos no pueden arriesgarse

porque  tienen una casa, en la casa arde la luz.

Y no sé exactamente quién tiene razón,

en la calle me espera la lluvia, a ellos los espera la cena.

Cerrá la puerta detrás de mí. Me voy.

Cerrá la puerta detrás de mí.

Y si de repente te aburre tu luz cariñosa,

tenés un lugar con nosotros, hay lluvia para todos.

Mirá el reloj, mirá el retrato en la pared,

escuchá - allá, detrás de la ventana, nuestra risa.

Cerrá la puerta detrás de mí. Me voy.

Cerrá la puerta detrás de mí. Me voy...

El integrante de la banda Kino, Aleksey Ribin, confesó que cuando conoció a Tsoi le llamó la atención su aspecto lúgubre: vestía pantalones negros, medias negras, camisa negra, y un chaleco negro de de cuero artificial adornado con alfileres y cadenitas. Tsoi era amante de la poesía, anarquista, adicto a The Doors y a Pink Floyd, y no se podía imaginar  disparando con una ametralladora, tampoco obedeciendo las reglas impuestas por el servicio militar obligatorio. Pudo evadirlo por unos años escondiéndose en distintas escuelas profesionales pero después, aconsejado por sus amigos, decidió internarse en el hospital psiquiátrico donde permaneció seis semanas.

Lejos del peligro del servicio militar por ser  “oficialmente” un loco, Tsoi se dedicó a componer  canciones  que reflejaron el espíritu de rebeldía y la búsqueda de una novedad salvadora. El líder de la banda Akvarium, Boris Grebenshikov, dijo que los músicos, y en este caso los que se ocupan del rock, cumplen una función precisa clara y espiritual en la sociedad. Lo que hacen es necesario para la cultura, el pueblo y el planeta, porque ellos cargan con esa misión. Según Grebenshikov, Kino fue la única banda que entre el 85 y el 90 elaboró algo fuerte y que mantuvo esa estética  tanto en el escenario como en su vida cotidiana. Estética que probablemente Rusia  necesitaba y Kino se encargó de brindársela.

Tsoi  prefería no dar entrevistas, pero algunas veces accedía. Durante una de ellas respondió todas las preguntas con un rotundo “no”. Y no fue ese un gesto de arrogancia sino la respuesta a una época gris en la que él y sus amigos eran  arrestados a diario por el contenido «no tradicional» de sus canciones. “Me da lo mismo dónde tocar…”, confesó varias veces Tsoi, “en un departamento, en un bar clandestino, sobre un gran escenario. Si tengo la posibilidad de tocar, tocaré, y si no, lo haré gratis. Porque en cualquiera de los casos, hago lo que quiero”. 

23/6/2012

(*) Natalia Litvinova es poeta y traductora especializada en poetas rusos.

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